No hay escapatoria. Ya sea en una casa o en un edificio residencial, el estacionamiento es una prueba de fe en la convivencia. Lidiar con los temperamentos de nuestros vecinos nos hace desear que algún día la humanidad evolucione a un nivel ultra superior.

Las batallas por un parqueo han escalado hasta la muerte en nuestro país y nos han llevado a pensar que un vecino, más que un aliado, puede convertirse en un enemigo. Y de eso sabe mi vecino. Ya no encuentra cómo hacerle entender al inquilino de otro apartamento del edificio que no estacione su monstruosa camioneta en los parqueos asignados a su unidad. Le tocará instalar unos bloqueadores para ponerle una barrera física a la mala educación de un insensato que se niega a poner de su parte. ¡Vaya egoísmo!

Para llevar la fiesta en paz, también tengo que pensar en el vecino del otro lado de la calle cuando visito a mis padres. Estacionarme frente a la residencia de mis viejos es algo que nos hemos autoprohibido, a pesar de tratarse de un espacio público. Sí, porque él refunfuña cuando encuentra un vehículo allí, pues debe maniobrar con mayor precisión para entrar a su marquesina y ejercitar un poco más los músculos al volante. ¡Qué sacrificio!

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